La sombra que proyectaba la
imponente estampa del todavía llorado Juan Pablo II, parecía opacar el cónclave
en que sería elegido su sucesor. El 18 de abril de 2005, un septuagenario Ratzinger,
en su carácter de cardenal decano, presidió la Misa Pro Eligendo Summo Pontifice. Muchos medios tomaron la homilía
como un acto de autopromoción. No conocieron al teólogo alemán, nunca lo
hicieron. Ratzinger no fue un hombre de poder, todo lo contrario, sin
embargo, ansiando un pacífico retiro, su
profundo sentido de responsabilidad le llevó a decir unas palabras, muy a su
estilo, es decir, precisas y oportunas:
“¡Cuántos vientos de
doctrina hemos conocido durante estos últimos decenios!, ¡cuántas corrientes
ideológicas!, ¡cuántas modas de pensamiento!... La pequeña barca del
pensamiento de muchos cristianos ha sido zarandeada a menudo por estas olas,
llevada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el
libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago
misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen
nuevas sectas y se realiza lo que dice san Pablo sobre el engaño de los
hombres, sobre la astucia que tiende a inducir a error (cf. Ef 4, 14). A quien
tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la
etiqueta de fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse «llevar
a la deriva por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud
adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del
relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida
sólo el propio yo y sus antojos.”[1]
Así, al día siguiente y
contra el viejo adagio que dice Chi in
conclave entra papa esce cardinale,[2] bastaron cuatro
escrutinios para que Ratzinger fuera elegido papa. En septiembre de ese año, ya
se conocían algunos secretos del cónclave, destacando que el runner up era nada menos que el cardenal
arzobispo de Buenos Aires:
“El cónclave que convirtió a
Joseph Ratzinger en Benedicto XVI no se desarrolló como se pensó en su momento.
La principal alternativa a Ratzinger no fue el cardenal jesuita Carlo Maria
Martini, sino otro jesuita, el argentino Jorge Mario Bergoglio, quien finalmente
se atemorizó y renunció. Es uno de los datos hasta ahora desconocidos sobre la
transición en el Vaticano.”[3]
8 años después, en el mismo
diario se publicaría una nota inusual, excepto para quienes gozaban de una
buena memoria:
“Un papa que sonríe, que da
las buenas tardes, que hace una broma apenas unos minutos después de recibir
sobre sus hombros el peso entero de una Iglesia lastimada, que pide la
bendición antes de darla, que es jesuita como tantos otros que consiguieron
hacer caminar de la mano la fe y el conocimiento, que vivía en un apartamento en
vez de en un palacio cardenalicio y se montaba en el transporte público para ir
a confortar a los enfermos y a los pobres, un papa que hace ocho años pudo
serlo y dijo que pase de mí este cáliz, un papa que viene del nuevo mundo, que
tiene cara de buena persona y que elige el sencillo nombre de Francisco es una
oportunidad a la esperanza.”[4]
En efecto, Bergoglio ahora
comenzaba su reinado, no obstante la sencillez de sus formas y que, como lo
hiciera Juan Pablo II en octubre de 1978, se ostentase como vescovo di Roma. En su momento, el polaco
Wojtila lo hizo así, buscando la cercanía de los romanos, pues desde 1522, no
había llegado al papado un cardenal no italiano. El otrora arzobispo de Buenos
Aires inició su pontificado con más gestos que palabras, y al referirse a su
investidura sólo como la del Obispo de Roma, implicaba algo más que un giro en
las formas. Por ejemplo, incluso hoy día, firma sus documentos sólo con el
nombre que adquirió, el de Francisco. No emplea la PP, es decir, el título de
papa, abreviatura de pater patruum
(padre principal). Aquél atardecer del
13 de marzo de 2013, saludó con unas palabras familiares, pidiendo oraciones
para su antecesor, y una bendición para su persona. En la loggia de la Basílica de San Pedro, apareció con la sotana blanca,
pero sin usar la muceta, o sin el palio-estolón. Al día siguiente, los fotógrafos de diversos
medios, se fascinarían con el calzado de Francisco: un par de zapatos negros
ortopédicos y desgastados, iniciando así una serie de comparaciones con la
vestimenta y formas de su antecesor. Había iniciado la narrativa de un papado diferente
a los anteriores 35 años.
“La Iglesia está cansada, en
Europa y en América. Nuestras iglesias son grandes, nuestros conventos están
vacíos y la burocracia de la Iglesia aumenta. Nuestros rituales y nuestra ropa
son pomposos. ¿Expresan estas cosas lo que somos hoy día?”[5]
Estas palabras no pertenecen
a Francisco, sino al cardenal Carlo Maria Martini, quien fuese la voz más
importante de ciertas actitudes progresistas que clamaban por una Iglesia
dialogante. En su primer Triduo Pascual, Francisco dijo en la homilía de la
Misa crismal:
“De la belleza de lo
litúrgico, que no es puro adorno y gusto por los trapos, sino presencia de la
gloria de nuestro Dios resplandeciente en su pueblo vivo y consolado, pasamos
ahora a fijarnos en la acción. El óleo precioso que unge la cabeza de Aarón no
se queda perfumando su persona sino que se derrama y alcanza «las periferias».
El Señor lo dirá claramente: su unción es para los pobres, para los cautivos,
para los enfermos, para los que están tristes y solos. La unción, queridos
hermanos, no es para perfumarnos a nosotros mismos, ni mucho menos para que la
guardemos en un frasco, ya que se pondría rancio el aceite... y amargo el
corazón.”[6]
En esa misma misa, Francisco,
contra las rúbricas, había lavado los pies a dos mujeres jóvenes, una de ellas
musulmana. Gestos que acompañaron a otras palabras de la homilía:
“Los mismos discípulos
–futuros sacerdotes– todavía no son capaces de ver, no comprenden: en la
«periferia existencial» sólo ven la superficialidad de la multitud que aprieta
por todos lados hasta sofocarlo (cf. Lc 8,42). El Señor en cambio siente la
fuerza de la unción divina en los bordes de su manto.
Así hay que salir a
experimentar nuestra unción, su poder y su eficacia redentora: en las
«periferias» donde hay sufrimiento, hay sangre derramada, ceguera que desea
ver, donde hay cautivos de tantos malos patrones. No es precisamente en
autoexperiencias ni en introspecciones reiteradas que vamos a encontrar al
Señor: los cursos de autoayuda en la vida pueden ser útiles, pero vivir nuestra
vida sacerdotal pasando de un curso a otro, de método en método, lleva a
hacernos pelagianos, a minimizar el poder de la gracia que se activa y crece en
la medida en que salimos con fe a darnos y a dar el Evangelio a los demás; a
dar la poca unción que tengamos a los que no tienen nada de nada.”[7]
Había comenzado un
magisterio diferente, que desde la primera semana había quedado dibujado con
una frase de enorme hondura: “Cómo me gustaría una Iglesia pobre para los
pobres.”[8]
Una frase que apela a la
memoria, pues nada menos que el Cardenal Martini escribió en sus Coloquios nocturnos en Jerusalén:
“Hace tiempo yo soñaba con
una Iglesia que siguiera su camino en la pobreza y la humildad, una Iglesia
independiente de los poderes de este mundo (…) Una Iglesia en la que hubiera
espacio para las personas con mentalidades más abiertas.”
En 2005, Bergoglio fue
considerado como la alternativa a un Martini enfermo y cansado. Sin embargo,
predominó la continuidad con la postura conservadora de Juan Pablo II. 8 años
después, los cardenales electores se decantaron por hacer realidad el sueño de
Martini, como bien lo ha descrito Sandro Magister:
“A siete meses de la
elección como Papa de Jorge Mario Bergoglio, las interpretaciones de este
inicio de pontificado son contradictorias.
Los juicios más positivos en
el interior de la Iglesia, si no entusiastas, sobre las primeras acciones del
papa Francisco provienen de los partidarios del cardenal que representó durante
años, con gran competencia y amplio consenso, la línea alternativa más clara a
los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI.
Ese cardenal era Carlo Maria
Martini, jesuita, ex rector del Pontificio Instituto Bíblico, arzobispo de
Milán desde 1979 hasta el 2002, fallecido el 31 de agosto del 2012, luego de
haber dejado sus consignas en una entrevista también muy crítica, publicada
inmediatamente después de su muerte como su "testamento espiritual":”[9]
Del cardenal Martini también
se decía que “(…) es visto en amplios sectores como la última gran voz
progresista de la Iglesia, la contrafigura de Joseph Ratzinger, su rival en la
elección papal.”[10]
¿Acaso una voz semejante ha llegado a la Cátedra de Pedro?
[1] MISA
"PRO ELIGENDO PONTIFICE" HOMILÍA DEL CARDENAL JOSEPH RATZINGER DECANO
DEL COLEGIO CARDENALICIO, Lunes 18 de abril de 2005, en:
http://www.vatican.va/gpII/documents/homily-pro-eligendo-pontifice_20050418_sp.html
[2] Quien en el Cónclave entra papa, sale cardenal
[3]GONZÁLEZ,
Enric, “El argentino que pudo ser Papa y otros secretos” publicado el 29 de
septiembre de 2005, diario El País de Madrid, en:
http://elpais.com/diario/2005/09/24/sociedad/1127512804_850215.html
[4]
ORDÁZ, Pablo, “El papa es el argentino Jorge Bergoglio”, publicado el 14 de
marzo de 2013 en el diaro El País de Madrid, en:
http://internacional.elpais.com/internacional/2013/03/12/actualidad/1363097315_964961.html
[5]
ORDÁZ, Pablo, “El Papa que no pudo ser”, publicado el 7 de septiembre de 2012
en el diario El País de Madrid, en:
http://internacional.elpais.com/internacional/2012/09/07/actualidad/1347041084_410858.html
[6] HOMILÍA
DEL SANTO PADRE FRANCISCO, Basílica Vaticana, Jueves Santo 28 de marzo de 2013,
en
http://w2.vatican.va/content/francesco/es/homilies/2013/documents/papa-francesco_20130328_messa-crismale.html
[7] Idem.
[8]
Ordáz, Pablo, “El papa Francisco: Cómo me gustaría una Iglesia pobre para los
pobres” publicado el 16 de marzo de 2013 en el diario El País de Madrid, en:
[9]
MAGISTER, Sandro, “Martini Papa. El sueño convertido en realidad” en:
[10]
GALÁN, Lola, “El cardenal que se atreve a pensar” publicado el 13 de julio de
2008 en el diario El País de Madrid, en:


